Mientras observa una fotografía en la que aparecen tres de sus hijos uniformados, el subintendente Tomás Napoleón Escudero sonríe con orgullo. Después de 24 años de servicio en la Policía Nacional, sabe que ninguna condecoración se compara con la satisfacción de ver que el ejemplo sembrado en casa floreció en una nueva generación de servidores de la patria. Nacido en Magangué, Bolívar, considera que su mayor patrimonio no son los reconocimientos obtenidos durante su carrera, sino la formación que inculcó a sus hijos.
Detrás de la placa hay un padre que se emociona al contar que su hijo mayor sirve como marinero tercero en la Armada Nacional, que otro avanza en su proceso de formación militar y que una hija, a quien crió como propia, decidió seguir sus pasos como patrullera de la Policía Nacional. A ellos se suma el menor del hogar, un niño de dos años que crece rodeado de una historia construida con esfuerzo, sacrificio y vocación de servicio. “Si algo les enseñé a mis hijos fue a ser personas de bien. El uniforme es importante, pero los valores lo son mucho más”, asegura.
Para Tomás, la paternidad siempre ha significado orientar, corregir y predicar con el ejemplo. Los años de servicio le enseñaron que muchas fechas especiales se viven lejos de casa y que ser padre no depende de una celebración en el calendario, sino de la constancia de los consejos y de una presencia que permanece aun en la distancia. Por eso, cada logro de sus hijos representa para él la recompensa de años de enseñanzas basadas en la disciplina, el respeto y la responsabilidad.
Mucho antes de convertirse en policía y en padre, Tomás fue un niño que conoció la incertidumbre. A los cinco años se perdió en Barranquilla y permaneció varios meses lejos de su familia hasta que finalmente fue encontrado y regresó a Magangué. Aquella experiencia marcó profundamente su manera de entender el valor del hogar y de no perder la esperanza en los momentos difíciles. Más adelante, las dificultades económicas pusieron a prueba su determinación, pero gracias al apoyo de Esteban Díaz Viña, un antiguo jefe que creyó en él, logró reunir los recursos necesarios para ingresar a la Policía Nacional y cumplir su sueño de servir al país.
La institución también le mostró el rostro más duro del servicio. El 6 de julio de 2005 sobrevivió a un atentado ocurrido durante una misión de acompañamiento vial entre San Juan Nepomuceno y El Carmen de Bolívar, en la que dos compañeros perdieron la vida y varios más resultaron heridos. Aquella experiencia le hizo comprender que cada regreso a casa es un regalo invaluable y fortaleció aún más su convicción de que los principios se enseñan con acciones y no únicamente con palabras.
Con el paso de los años, la satisfacción más grande ha sido ver a sus hijos vinculados al servicio de la patria. Para él, no heredaron simplemente una profesión, sino una forma de entender la vida basada en la honestidad, la responsabilidad y el compromiso con los demás. “Mi mayor ascenso no está en el grado que tengo ni en los años de servicio. Mi mayor orgullo son mis hijos”, afirma con emoción.
Hoy, después de más de dos décadas de servicio, Tomás Napoleón Escudero tiene claro que las condecoraciones terminan guardadas en una vitrina y los reconocimientos ocupan un espacio en los archivos.