A Thor la suerte le cambió con un silbido.
Aquel mediodía, el sol de Magangué caía de frente, de esos que hacen hervir el pavimento y obligan a cualquiera a buscar un poco de sombra. Él, pequeño, hambriento y sin saber dónde terminaría el día, revolvía la basura en busca de algo para comer. De pronto escuchó un silbido.
—Fiu, fiu.
Levantó la cabeza, miró y se acercó.
Quien silbaba era el subintendente Herlin Torres Berrío. Había terminado de almorzar y caminaba hacia el lugar donde se depositaban los residuos. Junto a otros policías esperaba un helicóptero que los transportaría hasta Tiquisio, en el sur de Bolívar, para relevar a unos compañeros.
Al ver al cachorro buscando alimento entre los desperdicios, no pudo seguir de largo.
—Ven acá —le dijo.
Lo cargó en sus brazos y se lo llevó.
Y ahí comenzó la recocha.
Uno quería acariciarlo, otro cargarlo, y Thor parecía no saber hacia dónde mirar con tanta atención. Sin embargo, lo que realmente lo fascinó fueron las botas. Veía pasar un uniforme y salía detrás de él; encontraba unas botas quietas y convertía el momento en un juego. Los policías reían. Aquel perro que minutos antes escarbaba entre la basura parecía haber olvidado, aunque fuera por un instante, que alguna vez estuvo solo.
Con el paso de los días comenzó a aparecer en las formaciones. Nadie lo llamaba, pero ahí estaba. Se metía entre las piernas de los uniformados, caminaba entre las botas y terminaba sentado donde mejor le parecía.
Thor no entendía de grados, órdenes ni revistas. Para él, todos eran simplemente “los muchachos”.
Y los muchachos, sin necesidad de reunirse para tomar una decisión, terminaron aceptándolo como uno más.
La certeza llegó una tarde, después de un exigente patrullaje. Los policías regresaron cansados, sudorosos y golpeados por el intenso sol de la región. Thor llevaba rato esperando en las escaleras de la estación.
Entonces escuchó el silbido de Herlin.
Salió disparado.
Bajó las escaleras a toda velocidad y comenzó a mover la cola sin parar. No ladró. Solo los observaba. Era como si estuviera pasando lista para asegurarse de que todos habían regresado.
Ese día, uno de los uniformados pronunció una frase que terminó quedándose:
—Este perro no cuida la estación; este perro nos cuida a nosotros.
Y así parece ser.
Thor espera al que sale de servicio y recibe al que regresa. No pregunta cómo estuvo el patrullaje ni cuánto caminaron. Le basta reconocer las botas para comenzar la celebración.
Pero donde verdaderamente se roba el corazón de todos es en las comunidades.
Cuando los uniformados llegan a los barrios o corregimientos, algunos niños observan primero desde la distancia. Entonces alguien descubre aquellas patas blancas y la mancha que lleva en la frente.
—¡Mamá, llegó el perrito! —¡Thor, Thor!
Y ahí termina cualquier solemnidad.
Thor se deja caer panza arriba y comienza la romería de manos pequeñas que quieren acariciarlo.
Hasta las madres que observaban desde las puertas terminan acercándose. Una le lleva agua; otra pregunta qué come; y nunca falta quien diga:
—¿Y por qué no me lo regalan?
Entre una caricia y otra surge la conversación. Ya no está únicamente el policía frente al ciudadano: está el policía que cuida a Thor, que le consigue comida y que sonríe cuando el perro vuelve a atravesarse donde no debe.
Por eso, el coronel Diego Fernando Pinzón Poveda, comandante del Departamento de Policía Bolívar, asegura que historias como esta también reflejan el verdadero sentido del servicio:
“Thor encontró protección y cariño entre nuestros policías, pero también terminó regalándonos algo a nosotros: cercanía con las comunidades. Nos recuerda que servir es cuidar la vida y que el respeto por los animales también habla de la calidad humana de nuestros uniformados”.
Hoy, Thor continúa bajo el cuidado del subintendente Herlin Torres Berrío, el mismo hombre que un día simplemente le silbó.
Ya no escarba basura buscando el almuerzo ni corre detrás de una sombra para protegerse del sol inclemente. Ahora tiene agua, comida, techo y un grupo de policías que él cree que le pertenecen.
Y tal vez tenga razón.
Porque por aquellos lados, cuando aparecen las botas y detrás viene una cola moviéndose de un lado a otro, los niños ya no necesitan preguntar quién llegó.
—¡Mira, ahí viene Thor con los muchachos!
Dios y Patria.